lunes, 29 de octubre de 2007

Del aula magna al matadero


Entrevista a Carmen Peña, coinvestigadora del libro Chilena o cueca tradicional.

La musicóloga Carmen Peña, colaboradora del investigador Samuel Claro Valdés en su obra "Chilena o cueca tradicional", describe la historia de este libro fundacional en la comprensión de este género como una manifestación cultural y artística de alto nivel y complejidad. Una obra que surge de la fructífera unión entre un académico y un ex matarife, eminencia autodidacta del mundo popular.
Desde el año 83 la musicóloga Carmen Peña trabajó junto al investigador Samuel Claro Valdés en distintos proyectos en la Universidad Católica, donde también compartía con él el curso de Historia de la Música. Por entonces, Claro ya venía trabajando en el tema de la cueca, teniendo como fuente e interlocutor fundamental a don Fernando González Maraboli, ex matarife, hijo y nieto de poetas y cuequeros, quien en forma autodidacta había desarrollado una extensa y profunda investigación sobre la cueca, desde una diversidad de enfoques y disciplinas, que continúa hasta hoy. "La fuente es Fernando González y don Samuel es el traductor", señala Carmen.

- ¿Cómo se produce el encuentro entre Claro y González?
- Don Fernando llegó un día a ver a Don Samuel y le dijo "Yo creo que usted y yo tenemos que conversar. Usted viene del mundo académico y yo vengo del mundo popular, pero yo creo que con usted puedo entenderme". Don Samuel comenzó a reunirse con él, a conversar, a trabajar durante mucho tiempo. Fue un libro que se hizo de a poco, hubo varios artículos preliminares que antecedieron al libro propiamente tal. Fue una empresa en la que Claro trabajó con pasión durante más de 10 años. Este libro aportó una visión nueva…

- ¿Cómo es que un hombre sin ninguna formación que trabajó como matarife puede llegar a conformar un cuerpo teórico tan importante, como para ser la fuente principal de la que se considera la biblia de la cueca en el mundo académico?
- Es algo increíble, él se dedicó a estudiar e investigar en forma autodidacta y en su casa había montañas de medio metro de apuntes escritos por él, además de los miles de libros que tenía y que consultaba y subrayaba. Iba a la Biblioteca Nacional y se leía todo. Por supuesto, don Samuel también le prestaba libros. Es una persona que se ha instruido mucho y que, hasta el día de hoy sigue buscando relaciones, datos, explicaciones. Es un ser excepcional… Ha leído mucho. A nosotros nos decía los libros que teníamos que leer.

- ¿No se achicaba ante la autoridad académica?
- Para nada. Uno es el que se siente muy ignorante, porque no manejas el lenguaje…

- ¿Cuál fue la mayor revelación que González significó para Claro?
- Considerar la cueca más que un baile, como un arte que encierra muchos conceptos, en el que tú puedes ver la música y la poesía, pero además una serie de valores y tradiciones, que tienen que ver con la forma de enseñarla, con la manera de aprenderla (que no es lo mismo), con una medida de tiempo, con comprender esa medida, con una serie de rituales, desafíos y maneras de comunicarse. Es una cosmovisión. Va mucho más allá de lo funcional, entretenido.

- ¿Cómo era la forma de trabajo?
- Se hacían entrevistas, o don Fernando escribía sus ideas y nuestro trabajo, hecho por un equipo, era sistematizarlas y ponerlas en contexto. Revisábamos el material y la bibliografía y escribíamos. También discrepamos y aclaramos muchos conceptos. El habla de muchas cosas: de los orígenes, de los significados que encierra la cueca como un arte mayor.

- ¿Fue para Claro un desafío penetrar en ese mundo de los bajos fondos?
- De hecho cuando González nos hablaba nosotros no entendíamos, por eso el libro tiene un glosario de términos. Es otro idioma. Otros códigos.

- Y otra forma de ver la vida, que no tiene mucho que ver con la mentalidad del chileno medio, sino con esa actitud luchadora ante la vida… un poco lo que tienen los gitanos y el flamenco.
- Claro, es un medio en el que se necesita mucha garra para sobrevivir y la cueca, en este sentido es muy vital, muy vigorosa. Eso motivó mucho a don Samuel, poder transmitir esta experiencia. Pasa que predomina la visión de la cueca de conjunto folclórico, que se escucha en la radio o se ve en un escenario. Esta cueca es otra cosa. Está inserta en una forma de vida, la forma del canto, las letras, son manifestaciones de una forma de existencia. Es una cueca que está viva pero no en los escenarios, sino que en otros lugares, donde la gente sí la cultiva y la tiene incorporada a su cotidiano. Y quiere mostrarla, pero no encuentra los espacios. Y la cueca habla también de esa lucha.

- ¿Sientes que los están encontrando?
- Bueno, ahora los cuequeros tienen un portal en Internet, eso hace 10 años era impensable. Es bonito que, con o sin la influencia del libro, esto esté aflorando.
- ¿Cómo ves la integración de los cultores y el saber popular en el mundo académico… crees que se abren más espacios?
- Creo que al mundo académico le hace muy bien mirar desde otras categorías y perspectivas, recurrir a otras fuentes que no son sólo las escritas. Hay una sabiduría oral que no se comprueba con la nota a pie de página. Pero creo que la academia está comprendiendo el valor de esta información.

- ¿Crees que este tipo de estudios están siendo valorados y que se está dando a expresiones como la cueca el estatus de patrimonio cultural que les corresponde?
- La cueca no necesita ningún estatus, lo tiene. Que la mayoría no sepa eso es otro tema. La cueca es y tiene un mundo. Del mismo modo que la filosofía tiene su estatus en su mundo, el de la gente que lee filosofía. Lo interesante es que sí pueda llegar a más gente. Eso es bueno, para que no sea un mundo tan hermético.

sábado, 13 de octubre de 2007

Tributo a Fernando González Marabolí (1927 - 2006)

La cueca ha sido zapateo, guitarras y ruedas de cantores, pero también la teoría de una expresión cultural que quizás nadie en Chile investigó con el rigor y afecto de Fernando González Marabolí, un hombre al que al ambiente cuequero nunca dejó de llamar “maestro” y que falleció el pasado sábado 23 de septiembre, a los 79 años de edad.
El aporte de González Marabolí a la difusión y teoría de la cueca es probablemente inabarcable, pero dejó en un libro sus señas más conocidas: Chilena o cueca tradicional es la investigación que en 1994 publicó el musicólogo Samuel Claro Valdés, y que hasta hoy es considerada la principal edición escrita sobre el género. Su subtítulo incluye la advertencia: "de acuerdo a las enseñanzas de don Fernando González Marabolí", y recupera lecciones sobre las técnicas vocales, instrumentales y de interpretación que caracterizan a la cueca. Citamos a continuación un extracto:
"El cantor tradicional vive sólo para la cueca, ya que interpreta con responsabilidad, tal vez sin temor de equivocarse, el arte más serio y delicado en el cantar de América. Cuando la gente escucha a los verdaderos cantores, dicen los que no saben que 'tiene voz natural', y en verdad que tienen toda la razón, pero la naturalidad que la rige pertenece a un científico adiestramiento de la voz. No es llegar y cantar a la que te criastes, sino que que equivale a decir que imita las leyes que rigen el universo y a la naturaleza, por eso es que se guía por leyes naturales. Pero todo lo que brilla no es oro: el estilo no se aprende de la noche a la mañana y sin el consejo de los viejos cantores. Están constantemente ensayando, nunca están conformes ni con ellos mismos, porque todo lo árabe es una lucha hasta con uno, tarareando las melodías con recovecos de sube y baja, hasta que forman un cachañeo gorgoreado en la voz gritada. Son años de aprendizaje, de pulimiento y conocimiento, de pasar metidos en los 'lotes', para impregnarse, contagiarse y meterse hasta en la sangre el ritmo cuequero. Es en los 'lotes' donde se aprende a cantar y a bailar mirando, donde se memoriza el vasto repertorio de de versos y melodías, porque nada está escrito. Este modo de canto nace de casi vivir en la teoría y en la práctica, y es también donde se aprende toda la gimnasia vocal que se hace para sacar la voz gritada y entonada".
Fernando González Marabolí había nacido en Santiago en 1927, y creció entre poetas y cantores de cueca del puerto de Valparaíso. La cueca era una presencia viva en su familia, y a ella se fue apegando sin ninguna instrucción formal, pues todo su conocimiento fue fruto de la experiencia y el autodidactismo. La vida se la ganó como matarife. Su capacidad de relacionar el folclor chileno a disciplinas tales como la filosofía, la historia universal, las culturas vernáculas y hasta la astronomía fue, siempre, sorprendente.
Junto a Nano Nuñez, recibió en mayo del año pasado el Premio a la Cueca Chilena Samuel Claro Valdés, de parte de la Corporación de Patrimonio Cultural de Chile y la Universidad Católica. Poco antes, varios cuequeros le habían rendido un homenaje como “leyenda de la cueca”, en una cena bailable que hacia noviembre del 2004 reunió en un restaurante de calle San Diego a Los Afuerinos, María Esther Zamora, Mario Rojas, Los Porfiados de la Cueca, Los Tricolores, Los Chinganeros y Daniel Muñoz, entre otros.
Su aporte al inicio del grupo Los Chileneros fue fundamental, tal como lo recuerda en estos días Luis Baucha Araneda a la luz de su fallecimiento:
“Él nos regaló casi todas las cuecas que nosotros grabamos en nuestro primer disco (La cueca centrina, 1967). Salimos nosotros como autores, porque a él no le intresaba figurar, no era interesado para nada en la plata. Entonces nunca las registró. Le gustaba ayudar a otros. Él buscó por todas partes para que nosotros grabáramos. Se juntó con Héctor Pavez, con don Rubén Nouzeilles [entonces director artístico de Emi-Odeón]. Fue quien más hizo para que nosotros grabáramos”.
Con el Baucha, González Marabolí compartió su oficio de matarife. Pero incluso ahí era un sujeto excepcional, recuerda el cantor: “Era un hombre muy educado. Leía mucho. Salíamos a tomar once, íbamos a las piscinas de Peñaflor, de Maipú. Las conversaciones que yo tenía con él eran diferentes a las que yo tenía con cualquier otra persona”.

www.musicapopular.cl
26 de Septiembre del 2006

viernes, 28 de septiembre de 2007

“Hay intereses creados que le cierran el paso a la cueca”

Una de las cosas buenas que hace septiembre – a parte de despertar la primavera y avivar el rescoldo de la tradición – es sacudirle el polvo a la cueca, aunque ya sea un pálido reflejo de lo que fue en sus orígenes típicamente arábigos, cuando la bailaban los beduinos del desierto, muchísimo antes de que fueran construidas las pirámides de Egipto, tema que ha estudiado durante treinta años el ex matarife Fernando González Marabolí y cualquiera que lo escuche relacionando la cueca con la armoniosa geometría de nuestro sistema planetario y la absoluta concordancia entre el hombre y la naturaleza podría pensar que algo se le estaría aflojando a la altura de los parietales y entonces se equivocaría medio a medio, porque al hombre lo han escuchado disertar en la Universidad de Chile y el musicólogo Samuel Claro, vicerrector de la Universidad Católica, le dedicó con admiración y afecto un trabajo suyo sobre la cueca publicado en el Anuario Musical de Barcelona, de modo que un poquito más respeto por la cueca legítima y por Fernando González, uno de sus escasos pero incondicionales defensores, como se podrá apreciar en el curso de la siguiente conversación.

- ¿Usted tiene algún conocimiento sobre este tema?
- No más que lo que podría saber cualquier persona…
- Le pregunto, porque si no está bien a caballo en el asunto capaz que no me entienda lo que voy a decirle.
- Trataré de entender, no se preocupe.
- En primer lugar, la cueca es una obra de arte, un documento lleno de sabiduría y perfección métrica. Su música no tiene más que siete sonidos y todo lo demás, en total 48 compases, corresponde al desarrollo, porque todo se repite y por eso los árabes la llamaban “canto a la daría”, que significa canto a la rueda y todo lo que rueda no tiene fin, sólo vuelve a empezar. Los beduinos concibieron la música de la cueca basándose en el sistema planetario, que también tiene un sonido redondo, así como cuando usted hace sonar una cuerda de la guitarra y ese sonido golpea a las otras cuerdas y las hace vibrar y el sonido sale a rodar y, como le digo, todo es rueda en el universo y en la naturaleza: los astros hacen rueda al girar, el gallo corteja a la gallina haciéndole la rueda, y la mayoría de las frutas tiene forma redonda. Todo es rueda y todo se repite: el día, la noche, los meses, la primavera, el invierno; todo es ruedas y medialunas, como el ojo y los párpados y hasta el hombre nace de una rueda.
- Los beduinos entendían eso muy claramente. En la soledad del desierto, observando los astros, percibieron sus órbitas repitiéndose constantemente y comprendieron que la naturaleza repercutía dentro de ellos mismos en su métrica de sonidos y movimientos. Y entonces idearon el canto a la rueda, que era la forma más perfecta de expresar ritualmente lo que sentían, mediante el canto, la poesía y la danza; y la forma, además de conservar la sabiduría del desierto, que en muchos aspectos es hermética y secreta. No olvide que toda la filosofía está inspirada en los escritos árabes. Usted puede entender que no es casual que la cueca tenga cuatro partes como los cuatro puntos cardinales (dos estrofas, la copla y la seguiriya); que tengan que cantarla cuatro cantores y que se baile haciendo cuatro círculos que se repiten igual como se repiten las cuatro estaciones; pero ¿sabe por qué la cueca tiene cuatro pies?
- Francamente, no.
- Porque es una cosa viva y para moverse necesita cuatro patas.
- Entiendo.
- Además, la cueca auténtica tiene que ser cantada como la cantaban sus creadores, con una parte de la melodía hacia arriba y la otra hacia abajo; hacia arriba la voz indica fuerza, señala la vida, el esfuerzo; la muerte es hacia abajo, hacia la tierra. Además, el cantor no toca la guitarra, sino que se acompaña de puro pandero.
- ¿Entonces las cuecas que se escuchan ahora no tienen nada que ver con la tradición verídica?
- Yo diría que sólo se salvan las cuecas de Mario Catalan, que están bien hechas, pero mal interpretadas. ¡No sé cómo la gente puede bailar cuecas que son verdaderos mamarrachos, incluso algunas que hacen mofa de la tradición y que terminarán por destruir un aspecto muy importante de nuestra cultura.
- ¿Y cómo cree que reaccionaría la gente si tuviera la oportunidad de escuchar la verdadera cueca?
- Bailarían sin parar, porque la métrica de los sonidos que representan a la naturaleza están dentro de uno mismo y nosotros somos naturaleza.
- Si es así, ¿por qué la buena cueca no tiene difusión?
- Porque no puede defenderse de los ritmos importados. Hay intereses creados que le cierran el paso a la cueca. El único medio que ha publicado cosas a favor de la cueca ha sido El Mercurio. Desgraciadamente casi todos los buenos cantores ya se han muerto y lo que quedan se pueden contar con los dedos de una mano.
- Sé que usted es de los buenos…
- Eso era antes, cuando andábamos de farra. Ahora tengo 58 años y solamente canto en la intimidad, especialmente cuecas mías. Tengo muchas, incluyendo una que le hice a la María Ojos Verdes, gran cantora que ahora está en Argentina, y otra a la “Lolo” Dolores Muñoz, que fue la más grande de todas y que unos dicen que está muerta y otros que vive en Valparaíso.
- ¿Se acuerda de alguna de sus cuecas?
- Anote una que le viene como anillo al dedo a lo que hemos conversado. Dice así:
- “Con permiso, soy la cueca,/ reina de todos los cantos,/ y me tienen despojada,/ de los mejores encantos.
- “Yo soy la cueca patria,/ la más joyante, /y el que no me conoce,/ que no me cante.
- “Que no me cante sí,/ soy geometría,/ la fórmula del arte,/ y astronomía.“Del templo de la ciencia,/ soy la eminencia”.

Las Ultimas Noticias, Septiembre de 1985.

jueves, 20 de septiembre de 2007

El volcán y la cueca

En algún momento secuestraron la cueca. De lo que era volcánico, una hosca y fría montaña con centro de fuego, quedó la pura cáscara desnuda. El misterio sensual, medio andaluz y árabe, desapareció. Por suerte, ahora nos dimos cuenta.
Aunque Yves de la Goublaye de Menerval es francés, tan francés como su nombre, vive en Bolivia. Gran parte de su vida ha transcurrido en ese país y, como funcionario de la UNESCO hasta su reciente jubilación, conoce la cultura boliviana como pocos. Es más, fue quien estuvo tras la nominación de los bailes de Oruro como Patrimonio de la Humanidad.
Dueño de una memoria excepcional, hay que aprovecharlo, pero está aquí en Chile muy de paso porque tiene un hijo en una universidad local. Por supuesto, el tema de las danzas sale en la conversación. Es muy diplomático pero de alguna manera deja traslucir que el trabajo del BAFONA chileno le incomoda; deja ver que sus danzas pascuences le parecen una creación, un invento, "una caricatura", que no son danzas "tradicionales". Y, por supuesto, tampoco las diabladas nortinas... Lo único que le parece valioso, original, de interés internacional, es la cueca.
No es un fanático. Reconoce que en el norte de Chile hay grupos étnicos de origen altiplánico, incluso habitantes del altiplano que tienen todo el derecho de continuar con sus tradiciones, pero le molesta la modificación chilenizante de ellas. Falta investigación, dice. Comenta que son dos los países en América Latina que peor tratan su patrimonio, Costa Rica y Chile. Curiosamente, y en esto no hay casualidades, los dos tienen un alto nivel educacional "internacional".
Bueno, pensemos un poco en esa cueca de la que podemos hablar sin conflictos internacionales. De la Goublaye es el vicepresidente mundial de las asociaciones genealogistas del mundo y, por supuesto, el tema étnico le fascina.
Creo que hay dos modelos cuando hablamos de danzas, los de países donde hay fiestas y los de países que se expresan en la orgía. En los primeros la fiesta está siempre presente, el baile es cotidiano, el cuerpo se vive y se goza, la escultura también es abundante y sensual: como en la India, Italia y Colombia.
Los de la orgía son países más duros, de geografías más complejas. Hay más rigor, más cálculo, más esfuerzo por vivir; el baile no es tan frecuente y se necesita de la orgía para que se liberen las energías y se desaten las pasiones. La cultura tradicional chilena, la del Valle Central, la veo como una síntesis.
Por un lado tuvimos la dura vertiente castellana, áspera y recia, la del pueblo que inventó España e impuso su lengua en toda una variada península. El mismo signo tenían los de Extremadura, forjado en su larguísima guerra contra los árabes. Y también aquí las etnias picunche y mapuche, duras y resistentes, pero también orgiásticas a la hora de soltarse en eventos ocasionales que duraban varios días con abundante comida y bebidas. Si sólo fueran esas nuestras etnias constitutivas, tendríamos una identidad clara y específica.
Pero no hay que olvidar la andaluza. Y ésa es distinta. Es tan fundamental en nuestro origen, que cuando Luis Thayer Ojeda hizo su estudio del origen de los españoles llegados a Chile, le dio el primer lugar con el 20.5%. El andaluz no necesita de orgías; alegre y sociable, sensual y gozador, es de los que vive en fiesta. Es una etnia muy interesante, además, porque sus mismas características lo fueron alejando de la elite gobernante - dura y controladora - para expandirse y fusionarse con abundancia en el medio más popular. Se "chilenizó" con más rapidez.
Como se sabe, el sur de España tuvo a los árabes por casi ocho siglos, por lo que este influjo es muy determinante. Granada, Córdoba y Málaga nos hermanan con el árabe, lo árabe que es factor clave en el modo de ser andaluz.
La cueca original tuvo esa síntesis, entre la fiesta y la orgía, entre el control y el desate. Detrás de la estricta coreografía se colaba el espacio de la creación individual, detrás de los pasos medidos había un avance real sobre la mujer deseada, detrás del pañuelo pudoroso emergía una mirada femenina incitante; como la de una musulmana que, cubierta de pies a cabeza, salvo los ojos, aprendió a decirlo todo en una sola mirada.La cultura oficial, castellana, secuestró la cueca. La hizo fija, difícil, de reglamento. La despojó así de su esencia mestiza y dejó de satisfacernos en ese mismo momento. Se volvió europea, culta, previsible. Un rito reiterado. Ni baile de fiesta ni portal a la orgía.
La estamos recuperando, ahora, y no es casualidad. Es una buena noticia porque significa que estamos recuperando el equilibrio; no somos de la fiesta cotidiana, como en Brasil o Colombia, ni somos francamente orgiásticos. Somos mestizos. A veces nos desesperamos y queremos estar claramente en un extremo, pero es negar nuestra historia, nuestro origen étnico, nuestra identidad.
La cueca original tuvo esa riqueza única y propia. Por eso la celebra el experto francés, De la Goublaye. En ella se lee un modo de estar en el mundo, y no es casualidad que Gabriela Mistral escogiera para nosotros el símbolo del volcán. Somos una montaña hosca, fuerte, de cabeza fría de nieve y hielos, que contiene ardiente fuego en su interior. Un hombre que gira como si bailara solo, pero que no pierde de vista a la mujer que desea; una mujer altiva, casi indiferente, pero capaz de pasar a la acción - ojos incendiarios - cuando así lo desea.

miércoles, 29 de agosto de 2007

Andaluces en América

A Chile llegaron los andaluces trayendo la sal y el sol de Arabia en los labios. Con su mentalidad creadora de leyendas divisaron por el camino “la cuidad de los Césares” y van en busca del “Dorado”. Es la gente sacada de los cuentos de “Las Mil y Una Noches” la que viene tirando a manos llenas la cultura del oro, de sus mágicos y fabulosos imperios. Todavía no se acostumbran a sus nuevos nombres, todos se llaman por el mote o el apodo, y con la alegría de vivir un día más, para donde miren sus ojos no ven más que azúcar, canela y clavo. Ante el asombro de la población de los caseríos indígenas va pasando la bulla y la algarabía de la eterna caravana y cada vez que hacen un aro en el camino les quedan resonando las sonajas, campanillas y cascabeles con que acompañan el vocerío musical de sus cantos.
Junto a los rasgueos de las arpas y guitarras repican los platillos y panderos. Los tonos altos con el joyerío ondulante del arabesco hacen que las coplas y siguiriyas con las alas de la música vuelen y revuelen por el aire y, llevando el compás de 6x8 con las manos, avivan el bullicio alegre de las zambras moras mientras que los bailarines van tejiendo el 8, ruedas y medias lunas. Son los sobrevivientes de la más preciosa cultura que floreció en las provincias andaluzas de los Omeyas, y que vienen tañendo los mismos instrumentos con que alegraron las sonadas fiestas de los faraones y de los califas.

Fernando González Marabolí

Fuente: Claro, Samuel. Chilena o cueca tradicional. Santiago, Ediciones Universidad Católica de Chile, 1994.

miércoles, 8 de agosto de 2007

La gran cueca

La cueca, zambacueca, marinera, chilena o zamba es una de las danzas folklóricas de mayor extensión territorial en Iberoamérica. Se la baila en Chile, Perú, Bolivia, Argentina, Ecuador y en México (Estado de Guerrero), donde fue llevada por los marineros chilenos a mediados del siglo pasado. En Acapulco se baila “la chilena”. Sobre su origen, características y lugar de nacimiento se ha escrito y discutido mucho por chilenos y extranjeros.
José Zapiola, músico y memorialista, la cree de origen peruano: “Semi ennoblecida la zamacueca en Lima, pasó a Chile en el año 1824, o poco antes, como cosa de negros, y como tal fueron los negros del famoso batallón Nº 4 los que la trajeron en su banda enseñada en Lima por Alcedo. Al salir yo en mi segundo viaje a la República Argentina, en Marzo de 1824, no se conocía este baile. A mi vuelta, en Mayo de 1825, ya me encontré con esta novedad” (“Recuerdos de Treinta Años”).
Benjamín Vicuña Mackenna se afirma también en el origen africano de la cueca pero niega que haya sido importada desde Lima.
“La zamba-cueca es, como muchos de nuestros bailes populares, del país de los negros. Trajéronla a Chile primero que al Perú, los negros esclavos que por esta tierra pasaban, vía Los Andes, Quillota y Valparaíso, a los valles de Lima, en viaje desde los valles de Guinea”.
También sustenta la tesis del origen chileno, Pablo Garrido, en su Biografía de la Cueca”. Como limeña y muy limeña la defiende el peruano Ricardo Palma. En cambio el músico Humberto Allende la cree de origen hispano-árabe.
“Soy un convencido de que nuestra cueca o zamacueca tiene su origen en la fiesta morisca denominada Zambra que se celebra al aire libre”.
Carlos Vega, folklorista y musicólogo argentino, la describe como danza picaresca, hija del fandango español y acriollada en Lima.
“La zamacueca pasa de Lima a Santiago en 1824 y hacia 1860 regresa a la ciudad de origen donde la llaman cueca para alternar allá con su progenitora” (“El origen de las danzas folklóricas”). Por el origen peruano se decide también Eugenio Pereira Salas en su obra “Los orígenes del arte musical en Chile”.
El argentino Joaquín López Flores , autor de “Danzas tradicionales argentinas”, sostiene que la cueca es una danza originaria de las provincias de Cuyo:
“Se dice que el origen de la zamba podría ser “El Zambapalo”, una de las danzas de la Indias Orientales o también la Zambra española”.
Por último, el autor vasco P. Zañudo Astrán, quién visitó a Chile en 1885, afirma algo inesperado: “La zamacueca es uno de los bailes más originales, no sólo de América, sino del mundo. El zortzico, que al son del tamboril bailan los guipuzcoanos, en la falda de sus montañas, al pie de Somosta, en las cercanías de Dinazo, de San Sebastián y de Estella, algo tiene quizás de común con la zamacueca, como algo de semejanza tiene el carácter guipuzcoano y el chileno”.
En 1847, Ida Pfeiffer la considera un baile indecente, “superando todos los límites de la tolerancia”. Ignacio Domeyco la considera “más sencilla y más fácil que el bolero de Andalucía, pero menos apasionada. La bailan todas las clases sociales”.
Negra, española, peruana, quillotana o árabe -en cuanto a su discutido origen- la cueca alcanzó en Chile su más rotunda y jocunda expresión, y la categoría de baile nacional.
En el aspecto coreográfico y sin desmedro de su estructura se ha desarrollado, a lo largo del territorio, una gran variedad de estilos: la cueca porteña, la santiaguina, la huasa, la copiapina, la iquiqueña, la pampina, la chilota, etc.
En cuanto a clases sociales hay matices fáciles de observar. Existe la cueca del futre y la del roto; la del aristócrata y la del siútico; la del inquilino y la del patrón de fundo, la de “lola” y la de “chimbiroca”. También la muy zapateada y bufa del payaso.
En las décimas a lo humano, en los catorces versos de la cueca se expresa todo el lirismo del alma popular. Salpimentadas con muletillas y recovecos hay letras amorosas, patrióticas, bandoleras, marineras, carcelarias, mineras, hamponas, políticas y humorísticas.
Como apunta el folklorista Carlos Vega: “El cantor, parte y reparte versos, añade ripios y estribillos, tararea, duplica sílabas o vocales, repite fragmentos; en fin, deforma los elementos tradicionalmente conformados. Pero que han de ajustarse a las frases musicales: (“La forma de la cueca”). En la actualidad, a la cueca la han ido maquillando y desnaturalizando los conjuntos que actúan en “boites”, restaurantes, programas de televisión, concursos viñamarinos, y es generalmente interpretada por huasos de utilería, disfrazados de dueño de fundo. Por suerte, hay todavía cantores que defienden su estirpe tradicional y popular. Nombraremos el conjunto Los Chileneros que actúan, por amistad, en las fiestas y pichangas que organizan los criollos del Matadero, la Vega y la Estación Central. Ellos saben cientos de cuecas antiguas y se acompañan con gran variedad de melodías tradicionales. Viven para la cueca. Están siempre ensayando y tarareando melodías con recovecos de sube y baja. Aprenden pies curiosos o desconocidos y los acumulan en la memoria para lucirlos en las ruedas de cantores. La cueca chilena tiene sus reglas. La voz debe ser típica, aniñada; el ritmo vivo y chicoteadito. Sus cantores aprecian un buen “pito” (voz potente), pero rechazan los engolamientos dulzones de las voces cultivadas, trabajadas para el bolero o la ópera. Entre los músicos y cantores más notables de “la chilena” , debemos nombrar a Raúl Lizama (“El Perico”), Mario Catalán, Hernán Núñez Oyarce, Luis Téllez Viera, Carlos Godoy, Emilio Olivares, Carlos Espinoza (“El Pollo”), Miguel Soto (“El Ronco”), Rafael Andrade (“El Rafucho”), Manuel Marchant, Luis Hernán Araneda (“El Baucha”), Fernando González Marabolí, Luis Téllez Mellado, Julio Alegría, Luis Contreras Reyes (“El Burro”), Eduardo Mesías, Valentín Morales y Miguel Córdova.
Hernán Núñez Oyarce es el más destacado compositor del equipo. Núñez, celebrado autor de “Calle Ecuador”, “Los Campeones”, “El organillero”, “Ay, Carola de la vida”, “Joaquín Murieta”, “A Margot Loyola”, “Se arrancaron con el piano”, y “Las Picadas Porteñas”, cultiva la gran cueca barriobajera y suburbana. Canta a los barrios antiguos, reductos de la vida popular santiguina:

Me gustan los barrios bravos
los guapos de corazón
la galla’ del matadero
los chiquillos ‘e la Estación

La pasta de la Vega
y Recoleta
Diez de Julio y San Pablo
con Vivaceta

Con Vivaceta, sí
muy respetada
Plaza Almagro y San Diego
Blanco Encalada

Lindas canchas de amores
los callejones

Hernán Núñez sostiene que el mejor abogado de la cueca es el roto: “El roto se quedó con la cueca, y la cueca con el roto”.
Los “chileneros” capitalinos viajan periódicamente a Valparaíso para cantar con los “chileneros porteños”. Los más nombrados son: “El Vitololo”, “El zurdo Bernal”, “El negro Mascareño”, “El Periquín”, “El Cuadradito”. Confraternizan y se toman examen. Recuerdan a los cuequeros antiguos: “El Negro César” y “el guatón Memo”, de la Vega; “El chute Mandiola” y “El ñato Alfredo” del barrio Estación; “El chico Juanano” y “El cabro Santos” de la calle Ecuador, el invencible “Cojo Paliza”, “El Lalo” y “El Siete Pelos”, de Valparaíso.
Un elocuente retrato de este ambiente se hallará en la cueca “Juanito Orrego”, incluída en este disco.

Juan Uribe-Echavarría

Nota: Este texto es la contraportada del long play: "...así fue la Epoca de Oro de la Cueca Chilenera”, del conjunto Los Chileneros, grabado el año 1973 para el sello Emi Odeón.

viernes, 29 de junio de 2007

Crónicas de Carlos Godoy Hernández

Los mejores años de la chilena tuvieron vida entre 1950 y 1970, cuando existían las casas de remolienda. Eran famosos el Rosedal y las Tres B del barrio Franklin, este último era visitado siempre por los cuadrinitos y la gente del ambiente bohemio.
Cada uno de estos locales contaba con tres grupos musicales. Una agrupación de tango, con bandoneón y violín, y el infaltable boca ‘e caballo, el piano. También una orquesta de cha-cha-chá y mambo compuesta por unos veinte músicos que hacían bailar hasta a los muertos. Y, resucitándolos con pañuelo en mano, venían los famosos cantores de cueca. Estos con voces privilegiadas, más afinadas que los mismos canarios. Y la remolienda se armaba con las niñas de pierna suave, cariñosas y muy amorosas con la gallada.
En esos tiempos había casas para regodearse, como fue la calle Bio-Bío, Porvenir, la famosa plaza Almagro, y para qué decir los barrios de la Vega y Estación Central donde, también con excelentes cantores, la cueca era pan de cada día.
Lo más emocionante de esta historia era como se vivía en aquel entonces. El don del dinero alcanzaba para todo pues se ganaba con mucha facilidad. Incluso, en esos años, el día lunes era un feriado más, donde Peñaflor sacaba a relucir sus aguas cristalinas para recibir a todos los comerciantes de todos los rincones de ese hermoso Santiago.
Con carretelas y góndolas estacionadas en los costados del barrio, la estación destacaba por sus constantes ruidos de trenes que traían a los sureños, quienes llegaban con sus respectivos canastos con aves, pan amasado y la rica chicha de manzana.
Los que arribaban a la Estación Central eran bienvenidos por la cafetería Las Cachas Grandes, donde llegaban las niñas de pierna suave, los cuenteros y estafadores, era un mundo totalmente diferente.
El barrio matadero con su gimnasio llamado Propa, donde el que deseaba ponerse los guantes era cosa de entrar y tirarse unos rounds.
En el matadero se faenaba dos veces a la semana, el cordero tenía su cancha, y así también el chancho para ser faenado. Cuando se terminaba la faena, se juntaban todos los cuadrinos en el restaurante de Don Víctor, frente a la puerta principal del matadero. Cruzando la calle San Francisco se escuchaban los repiqueteos de los panderos. Las cogote ‘e yegua eran las guitarras. Cuadrillas de cuadrinitos con su pañuelo en la mano se preparaban para demostrar su calidad de buen chinganero para bailar la cueca.
Los fondos parecían volcanes en el fuego con los cocimientos. Los chuicos eran verdaderas fuentes de agua (vino) para beber. Las pichangas eran realmente manjares, los agregados de cebollas escabechadas, queso, pepinillos, queso de cabeza de chancho, carne de choclillo, ají, queso de cabra. Eran famosos los sándwich de longos (potitos de vacuno) con ají de cabra, y si esto no era de su agrado, se podía pedir los ricos riñones de chancho al jugo. Las guatitas picantes con puré eran muy famosas.
En el año 1968, en una de estas famosas comilonas en el restaurante de Don Víctor, se juntaron los más famosos cantores de cueca del Matadero y la Vega, Carlitos Godoy, Luis Araneda (Baucha), Rafael Andrade (Rafucho) y Mario Catalán, en una rueda mano a mano rodeados por toda la gallada de comerciantes de la vega y cuadrinitos del matadero apoyando a cada uno de los cantores y muchas niñas de pierna suave con el pañuelo en la mano. Este recuerdo es lo más glorioso, recordado por el Baucha, uno de los cantores más completos que tuvo la chingana.
Y así comienza la remolienda viva, los panderos repicaban junto a los platillos, guitarras y acordeón. Saca en primera el Rafucho y haciendo segunda el Baucha, en seguida saca el pito Carlitos Godoy. La gallada se emocionaba al escuchar tan linda voz que sobrepasaba los tonos más altos. Después toma Catalán, quien era un excelente cantor y muy saleroso. Había que ser gallo ente los gallos para estar en entre este lote de cantores tradicionales.
Los verdaderos cantores de cueca son los que vienen de la tradición como el Perico Lizama, el Baucha, Carlos Godoy, Luis Téllez, el Loco Quijada, Manolo Santis, el Flaco Carballo, Humberto Campos, Mario Catalán, Fernando González. Todos ellos recorrieron cada rincón de los hermosos barrios chinganeros, e incluso tenemos el orgullo de ser los únicos que siguen el canto mano a mano y siguen manteniendo la tradición, Los Chinganeros.

Carlos Godoy Hernández

viernes, 8 de junio de 2007

El Mario Catalán, el Rey de la Cueca...Ya no es el mismo.


Mario Catalán, el “cabro Mario”, el que se hacía huincha golpeteando los platillos de las tazas al compás del “huifa rendija”, rey de las cuecas de verdad...“de esas achaflanadas, de vivaracho”...está triste, más triste que la princesa del poema de Rubén Darío...¿Qué tendrá?

Ni se ríe siquiera, solo en un inmenso salón de calle Recoleta...“fíjese bien...este “livin” mide más de cien metros cuadrados. Usted debiera haber visto las fiestas que armábamos aquí. Casi cuatrocientas personas vinieron para el casamiento de mi hijo, y la cosa duró...de sábado a sábado. Puro whisky y vino del bueno. El dúo Rey Silva se me cansó a los tres días.

“LA ROSITA”

Son tiempos pasados, historia vieja por culpa de la...Rosa de Fuego...la Rosita...la cirrosis...“Chis, hace cuatro años que no tomo ni gota. Si me tuvieron que sacar dos kilos y medio de estómago con ombligo y todo. Casi me llevó la negra y eso que siempre he sido tiesazo pa' as enfermedades...”

Hasta flaco está. Pesa sólo 112 kilos y “en mis tiempos no bajé de los 150...Lo que pasa es que estoy aburrido. Yo siempre he sido un gallo de zambullidas. Llevaba 50 años tomando y ahora...hace cuatro que me pegué la tremenda chantada. Los amigos lo invitan a uno, se ponen a tomar y piden cuecas. Yo les canto, pero...¿Se da cuenta?¿Cómo voy a agarrar vuelo con puro...tecito?

-¿El médico le prohibió estrictamente el alcohol?

“No tanto, pa' que le voy a mentir. Con decirle que él mismo me regalo una botella whisky. Pero soy yo el que no quiero tomar. ¿Cómo voy a querer si, después que me enfermé, he enterrado a diez de mis amigos igualitos a mí?. Con decirle que en una de esas idas al Cementerio me encontré con el Lalo Castro, un cabro de allá de la estación...”Chis, me dijo, venís a ver cómo está la cancha? Y yo le contesté: “Güena oh, el que viene a renovar el permiso al camposanto soy vos”. Fíjese pues, la bromita...A la semana el Lalo se muere...así que yo pienso: harto aburrida es esta cosa, pero más mejor...no tomo na.

NO ME QUEJO

Y ahí se está, sin tomar...“pero la inspiración no me falta, acostado, me desvelo y se me ocurren cuecas. Lo que me tiene molesto es que me llevaron mi cuaderno donde tení, a la “la cachá” de cuecas nuevas. Es que piensan hacer un disco, pero todo está parado por ese lío de los “cassettes”.

Autor de más de cien cantos zapateados y escobillados, desde el “Quiéreme como te quiero...aló, aló” hasta el “Hay un toro en Marruecos, y una vaca en Peñaflor, Torito enamorado y estai capao...pa' que te picai”...el “cabro Mario” no se queja, sin embargo, de la vida.

“No, no me quejo. Si lo he pasado harto bien. Mire, yo estoy desde los diez años metiendo , bulla. A los 7 llegué de Antofagasta y me metí en la Vega. Vaya usted a preguntar por mí allá...soy más conocido que la Asistencia Pública. A los siete ya me las daba de comerciante, vendía ajo, pedazos de zapallo y cebollas en la mano...A chauchaaa el aaajo, caseeera...todos por un veinte. Chis, mis gritos se oían a cinco cuadras y tenían entonación. Si yo nací pa' meter bulla. Primero empecé tocando cuecas con conchas de choro...vieran usted como se arremolinaban pa' seguirme”.

A “PAREJITAS”

Después, cuando se le quebraron las conchas de choro...“la agarré con los platillos de las tazas pues. Me iba todas las tardes al “As de Bastos”, una pensión que quedaba ahí mismo en la Vega, y me ponía a tomar y cantar cuecas. Chis, si yo a los diez años me curaba a parejitas que los borrachos en los bares...¿Cómo no me iba a agarrar después la “Rosa de fuego?”

Se queda pensando y comenta: “Y, mire lo que son las cosas. En 50 años que viví prácticamente “curao”, no me pegué ni un costalazo. Y ahora, bueno y sano, me he quebrado este mismo brazo dos veces...”.

-¿Hasta cuánto ha llegado beber de una “sentada”?

“Uuuuy. Mire, me acuerdo de una apuesta que hicimos una vez con el Guatón Neno...que ya se murió también. Entre las 8 y la una de la tarde nos tomamos un chuico completito, de esos de 15 litros. Pa' qué le cuento, el guatón Neno, que pesaba como 200 kilos, no se podía parar. Tuvieron que instalarle una cama ahí mismo para que pasara la mona, porque tampoco nadie era capaz de sacarlo afuera”.

PURO TECITO

Nuevamente está recordando. Todo eso ya no es posible...”Qué se le va a hacer. Si estoy más aburrido que una ostra. Mire, yo siempre he sabido ganar billete. A parte del local en la Vega tengo otros negocios, otros malabares. Me iba, por ejemplo, a vender casimires fuera de Santiago. Armaba una buena bulla y, entre trago y trago, cueca y cueca, vendía todo y me venía sin mercadería a Santiago...Pero ahora, ni ganas me dan de ir a hacer negocio pa' pasarme el día tomando tacitas de té. Mejor los vendo aquí en Santiago. Mire, tenía 22 ternos nuevitos, todos con chalecos, de todos los colores. Ya he vendido ocho...”.

Y abre un tremendo ropero, empotrado en una pieza no menos inmensa, y muestra toda su ropa...“tengo hasta un terno blanco para la tele”.

-¿Y se lo ha puesto?

“Qué me lo voy a poner. No ve que con los “machucados” que me acompañan con la guitarra, voy a parecer gato de molino...”

“PARECE LESERA”

Y se ríe, por fin, con ganas. Luego agrega:
“Mire, la firme es que me aburro a muerte. Pero no puedo quejarme de nada. Lo he pasado harto bien. Esta tremenda casa es toda mía. Siempre he sabido ganarme el puchero y le tengo a la señora el refrigerador lleno de buena comida. Tragos, pa' qué les digo, aunque yo no tomo, me gusta que los otros lo hagan...Si no me enojo...Tengo como 500 botellas de wishky en la casa...No puedo quejarme. Sería como sacarle la lengua a la vida. Sería ser muy mal agradecido. Mire que yo llegué a la pura cuarta preparatoria y...a cabezazos. Y, sin embargo, he salido adelante...No me quejo. Lo único que pasa es que estoy más aburrido que bailar con la hermana y, mas encima, los otros se siguen muriendo...¿Sabe lo que tengo que hacer esta tarde? No me va a creer, pero tengo...otro entierro...Parece lesera la cuestión”.

María Angélica de Luigi
Fotografía: Miguel Rubio
Las Últimas Noticias, Miércoles 5 de Septiembre de 1979